Treinta y tres
Vaya mes que es septiembre. Cumpleaños. Compromisos. Fiestas. Cenas. El fin del verano.
Empieza el ciclo. Mi cumpleaños.
Zarpar entre dos aguas, entre muchas. Acariciar las mañanas oscuras con el valor de la energía. Disolverse entre las gentes. Suponer un objetivo alcanzable con la fantasía del tiempo. Creer en el progreso, la disciplina y la constancia. Moverse desde el centro (el mismo de siempre) hasta una periferia aparente llena luz. Trastocar los valores, lo viejo conocido: inmolarse. Cambiar de gramática, de sintaxis, de orden. Metamorfosearse. Volverse igual, el único, el mismo, el indivisible, la esencia incognoscible que se es y se sabe. Alumbrar la piedra bruta de la imaginación con tarros de luz dirigidos. Recuperar el infante que adolece de imitación, el genuino. Subir de las aguas profundas. Flotar por cinco minutos. No mirarse en el reflejo del agua, sino en la lejanía de los astros, en la blancura celeste, en la repetición de los ciclos (moneda girando en el aire). Volver a preguntarse por la duda. Quitarse la piel muerta de sal. Esperar a sentir el calor del mundo en el descampado.
Cumplir la edad de Jesús siendo ya muchas veces crucificado. No tener nadie por quién morir. No humanidad. No Dios. No otros. No doce apóstoles. No la verdad revelada. No posteridad. No cuatro evangelios. No procesiones cada año. No guerras. No imágenes falsas. No. Sólo una mañana de tiempo para escribir estos versos. La vida y su generosidad. Ser Jesús, sin que nadie me crea. Ser invisible. Vaya premio mayor. Sustraerse a lo divino que hay detrás de los párpados. Lo único que hay. Lo único divino.
@nicoibanezg


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