Ars poética



Sentado al borde del acantilado, intentas adivinar tu destino en el mosaico de figuras que compone la espuma contra la roca. El saludable efecto del viento te limpia las arrugas y, pese a tu frágil constitución, te inflama con una energía inusitada propia de un condenado a muerte. Sabes que tienes que extraer de tus últimas horas el mayor provecho posible. El sol de la tarde se te cuela por entre los surcos de la frente, te enceguece de luz. Todo es vértigo alrededor, todo infinito. Solo el sonido y la furia de este mar intempestivo, infatigable. Las nubes dibujan un azar difuso del que ya no extraes nada. Y tú necesitas una señal, un indicio que te asegure que la realidad es más que un espejismo puesto en versos. Por eso centras tu imaginación en el repiqueteo de las olas, en su constancia para atravesar el muro, en los rastros que deja su eterno retorno. Un leve mareo te obliga a cerrar los ojos. Tu mano izquierda involuntariamente se aferra a una piedra. Empiezan a aparecer imágenes sueltas, como un centenar de viejas postales lanzadas al aire. Memoria y destino se amalgaman en la pantalla detrás de tus ojos.


Ves unos dedos dibujando en carboncillo lo que parece ser el rostro de un muchacho; ves un timón de barco suelto en manos de alguien que lo levanta en signo de victoria; ves la estatua del almirante al que llamaban el ‘príncipe del mar’, una espada en la diestra, un monóculo en la siniestra; ves un cielo oscurecido por una bandada de pájaros carroñeros; ves un sol tímido calentando y derritiendo la nieve; ves un juego de tarot desplegado sobre un manto celeste, El carro, El colgado, La templanza; ves los ojos de la gitana, su expresión indescifrable; ves una flecha entrando en el cuello de un cordero; ves el motor de una lancha fallar a medio camino, el murmullo de la selva; ves una panorámica (a vuelo de pájaro) de la misma selva en llamas; ves un hato de vacas pastando en una llanura; ves un túnel de álamos por una brecha tapizada con hojas doradas; ves un campamento guerrillero; ves tu vestido de traje colgado sobre un alambre de púas; ves unas prendas de mujer caer al suelo; ves a una mujer desnuda girando sobre sí misma; ves unos labios contra otros en el ritual del primer beso; ves a tu madre salir de un grupo de fantasmas corriendo hacia ti; ves una tira de papel infinita que se desenrolla; ves un zorro perdido en la estepa; ves un desierto, tierra yerma; ves un jardín florecido de lirios, vincapervincas, angélicas, pampajaritos, azafranes; ves un itinerario de viajes sellado; ves un plano damero, una carta naútica; ves una vela que se apaga; ves la planta de la infelicidad; te ves a ti mismo ante un espejo; ves a un niño recién nacido con las mismas facciones del dibujo; ves al niño llorando en brazos de una mujer; ves un barco que se aleja de la orilla; ves la máscara balinesa del diablo.


Sientes una náusea, un vórtice en el centro de tu cerebro. Apenas abres los ojos, vomitas hacia el precipicio. Tomas aire. Vomitas de nuevo, más líquido. Escupes. Tratas de controlar las arcadas. Respiras. Descansas apoyándote sobre las rodillas. Te limpias las manos en la maleza. Escuchas una voz que se va haciendo cada vez más real. Es hora de volver. La enfermera se acerca. Escuchas sus pasos detrás tuyo. Vamos, se hace tarde, no vaya a coger frío. El olor a mar sube como vapor. Se mezcla en tu boca con tu propio regusto. Respiras con dificultad. Una flauta trina en tus pulmones. La enfermera te toma el hombro. Vamos. Apoya el caminador al lado tuyo. Lo ayudo a ponerse de pie, vamos. Mantienes la mirada en el horizonte, en la gama de azules, sin fijarte en nada. Aprovechas el viento para secarte las lágrimas. Con la manga de la camisa te limpias la boca. Le tomas la mano a la enfermera y le das dos golpecitos en señal de que ya estás listo. Ella te toma por las axilas, pero es imposible levantarte. En la posición en la que estás, con los pies colgando, es difícil moverte. Haces un esfuerzo por descolgar las piernas y apoyarlas en el borde. Ella te toma de la cintura y te empuja hacia atrás. Intentas dar media vuelta, pero no lo logras. Ambos reconocen lo ridículo de la situación. Se ríen, ella de pie, tú en posición fetal, acostado en la tierra. Al final, con mucho esfuerzo, logras ponerte de pie. Te lastimas un poco una rodilla. Esos caprichos suyos, te regaña tu enfermera. Empiezan a caminar hacia tierra firme. Ella te pone una manta en la espalda. Tú caminas obediente, levantando el caminador sobre los guijarros, dando pasos seguros y firmes. Cuando lleguemos, quiero que me prepares mi escritorio, dices. Mañana volvemos otra vez.


Por: Nicolás Ibáñez G.

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