Mi padre y el molino de la existencia
El otro día almorzando con mi padre, la conversación derivó hacia la idea que se nos había ocurrido con mis amigos de fundar un Senior Club en el que pudiéramos construir un espacio cómodo y tranquilo para pasar el último tiempo de vida. Un espacio entre amigos para no morir solos. Se compraría un terreno a las afueras de la ciudad en un clima templado; se fabricaría una ciudadela de apartaestudios individuales; se haría un espacio común con juegos de mesa, parrilla, pantalla gigante, piscina, espacios de descanso, zonas húmedas, biblioteca; se dejarían parcelas de tierra libres para la cosecha; se diseñaría un jardín, por supuesto. Así terminaríamos nuestros días, casi de manera anarquista, en una soledad conjunta; eso sí, prestos al servicio y la solidaridad que otorga la vejez con un grupo de amigos al que ya se le conocen todas las mañas. “Me parece muy bien”, dijo mi padre como si la cosa ya fuera un hecho. Se tomó lo que le quedaba del jugo y luego dijo, “Yo sí quiero morirme a los 70”. Cuando le hice ver que provenía de una familia muy longeva, argumentó que eso le parecía antinatural, un despilfarro de tiempo y de energía. “Llega un momento en el que ya no pasa nada más, no produces, no disfrutas, no haces nada. Estás ahí básicamente esperando. Eso no es vida”. Entonces me acordé de la parábola del Molino de la existencia y se la conté:
Cuenta la historia que había un molinero capaz de calcular el tiempo de vida de una persona. El interesado arrojaba unos granos de maíz al molino del acontecer y según el tiempo de la molienda, el molinero calculaba cuántos años le quedaban hasta su hora final. Al enterarse, el emperador quiso saber su designio, pero como quería vivir mucho tiempo, hizo construir de la piedra más resistente unos granos semejantes a los granos de maíz. Cuando los arrojó al molino, la piedra del molino no pudo soportar estos granos de maíz y empezó primero a rechinar y luego a desmoronarse.
—Parece que voy a vivir mucho tiempo—dijo el emperador.
—Realmente, señor, según los granos de la vida no va a morir nunca—dijo el molinero.
Sin embargo, al poco tiempo el emperador enfermó gravemente.
En el lecho de muerte, hizo llamar al molinero.
—¡Mentiste! Dijiste que yo jamás iba a morir—gritó el emperador.
—No fui yo, fueron sus granos de maíz—respondió el molinero.
—¿Es que la piedra del molino ya molió todos los granos de mi existencia?
—No, señor, ninguno.
—¿Entonces por qué me estoy muriendo?—dijo el emperador cada vez más airado.
—Porque la piedra del molino del acontecer se gastó por sus granos, señor. Así que ahora tú mismo entiendes que el maíz sin la rueda de molino no tiene sentido, como tampoco la vida sin acontecimientos—contestó tranquilo el molinero.
El emperador sonrió con tristeza. La vida sin acontecimientos. Al ver que no era posible engañar a lo inevitable, ordenó que los canteros hicieran una nueva piedra de molino, piedra que todavía hoy sigue dando vueltas despacio, despacio, moliendo los granos de maíz de las vidas de las personas.
Buena historia, dijo.
Tienes razón, dije.
Está sobrevalorada, dijo él
¿La vida o la muerte?.
Ambas.

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