Pruebas irrefutables
Anoche soñé que alguien, no estoy seguro si se trataba de una máquina o de una persona, me pedía que demostrara que estaba vivo el 23 de junio de 2025. Era la voz de una mujer la que me lo exigía para no sé qué requisito de identificación. Me decía, además, que eran necesarias tres pruebas contundentes, irrefutables. Yo salí del cuarto y abrí la ventana de la sala para pensar mejor. Como primera prueba se me ocurrió hablar sobre una noticia de actualidad que certificara que estaba al tanto de lo que sucedía en el mundo. Así que mencioné el bombardeo a las bases nucleares iraníes por parte del ejército estadounidense y las represalias diplomáticas y bélicas que tienen al mundo entero en vilo de una posible tercera guerra mundial. Para darle credibilidad a mi argumento nombré a Trump y a Netanyahu y solté algún dato histórico sin ninguna importancia y alguna opinión política que mi receptora no quiso escuchar. Siguiente, dijo. Ahora tenía una taza de café entre las manos y miraba por la ventana la semioscuridad de una noche agonizante. Pensé en describirle lo que estaba viendo, pero no me pareció suficiente, de todas maneras cualquier mañana podría parecerse a otra y bien podría estar apelando al recuerdo o a la imaginación de tantas mañanas vividas, de tantos amaneceres vistos antes, en una vida remota. Los segundos corrían y del otro lado de la línea no parecía haber afán, sino un silencio expectante de mujer o de máquina que sabe que no es fácil demostrar que uno está vivo. Como no se me ocurrió otra cosa, opté por mencionar dos eventos deportivos que tendrían lugar al día siguiente, es decir, hoy, los partidos de Boca por el Mundial de Clubes y la final de la Liga colombiana entre Santa Fe y Medellín. ¿Le importan?, preguntó. Uno más que otro, dije, el de Boca, soy hincha. Después de un largo silencio, seguí. Se lo juro, tengo varias camisetas, veo casi todos los partidos, alguna vez fui al estadio. Soltó un gruñido de incredulidad y repitió: Siguiente. Me faltaba la última prueba. Entonces, después de pensar un momento y de ver cómo se demoraba el sol en salir, me dio un ataque de risa, risa de vergüenza porque se me estaban olvidando todas las pruebas que pudieran certificar que estaba vivo aquel día, que seguía vivo en ese mismo momento. Qué le pasa, dijo. Nada, nada, solo que encuentro muy graciosa esta conversación y además creo que su voz es muy bella, y me pone un poco nervioso, y esto hace que se me olviden otras pruebas más allá de decirle que su voz es muy bella, o que hay unas gotas de rocío resbalando por el vidrio de mi ventana porque anoche llovió toda la noche y el ambiente está húmedo, o que se me olvidó tomarme mi medicina a la hora acordada y tuve que tomar una dosis doble en el siguiente turno, o que me la he pasado escuchando música que incita a la tristeza, pero no porque esté triste, no, no es eso, de ninguna manera, no estoy nada triste, al contrario, sino más bien porque la música y el clima me invita a una apacible tristeza, ¿ha sentido eso alguna vez?, es una especie de melancolía serena, o para seguir con los oximorones, una feliz amargura de esas que inspiran a escribir o a pintar o a hacer un decorado de flores secas o a salir a caminar con alguien con una voz como la suya, si usted estuviera viva, claro, o si se decidiera a salir conmigo para demostrarle que estoy vivo y no me pusiera en este aprieto que lo único que me causa es gracia y nerviosismo. En este punto la comunicación con la mujer o máquina se desconectó y mi sueño se esfumó, pero quedé con la sensación, al despertarme, de que algo hacía falta, no en el sueño, sino en mí, que valide mi propia existencia, la prueba definitiva e irrefutable que certifique, por fin, que estoy vivo. En efecto, había llovido toda la noche y las gotas de rocío resbalaban por el vidrio de mi ventana.
Nicolás Ibañez G.

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