Física de la tristeza - Gueorgui Gospodinov
El hilo del Minotauro
¿Cómo reseñar una novela que, desde su estructura, a cada momento se dispara en múltiples direcciones? Habría que empezar, creo, por ordenar sus materiales, por establecer las bases desde donde está construída para poder acercarse a su contenido. Luego, como nos sugiere el mismo autor, proponer un catálogo, siempre incompleto, de todo lo que abarca, hacer una lista, una enumeración de los temas, las perspectivas y las tesis que nos presenta esta enorme novela. Será como desenredar un hilo o como ir saliendo (perdiéndose) de un laberinto infinito.
Física de la tristeza es la segunda novela que leo de Gospodinov, autor búlgaro muy poco conocido en Colombia y que viene resonando cada vez con mayor fuerza a medida que es traducido y editado en Hispanoamérica. La primera fue Novela natural, que también tiene en mi cuaderno de lecturas un subrayado que dice “reseñar/releer”. Esta vez no me perdonaría dejar pasar la oportunidad, sobre todo para conservarla en la memoria, para atrapar la sensación de lo que significó para mí como lector.
Si tuviera que resumirla en una línea, diría que Física de la tristeza es un laberinto de múltiples historias entretejidas alrededor de la memoria, el pasado y la figura del Minotauro, todo esto enmarcado estructuralmente en ciertas nociones de la física cuántica. ¡Puf! Como argumento no parece nada prometedor y asustaría a muchos lectores incipientes. Al menos no sería la frase que las editoriales pondrían en sus suntuosas fajas. Preferirían, sin duda, sus acostumbradas: “Absolutamente maravillosa” o sus “Necesaria y profundamente conmovedora”, etc… Sin embargo, desde el prólogo y sus múltiples nacimientos, ya se nos presenta como una hebra de la que es muy difícil no halar para entrar en ella.
“Nací a finales de agosto de 1913 como ser humano de sexo masculino. [...] Nací dos horas antes del amanecer como mosca [...] Nací el uno de enero de 1968 [...] Nací desde siempre. [...] Aún no he nacido. Soy inminente. [...] Nací el seis de septiembre de 1944 [...] Recuerdo haber nacido como… [...] Yo somos”
Después, durante los nueve capítulos que conforman la novela, a la manera de fractales que van y vienen en el tiempo en una sucesión no lineal sino aleatoria o azarosa, Gospodinov despliega un tarot infinito de historias (¿entrelazadas?) en las que uno deambula, se pierde, recorre sus bordes, vuelve al centro, se encuentra, se estalla, medita, especula, escucha, observa, navega, flota y aterriza de nuevo después de un viaje alucinante por el pasado de un pueblo siempre triste, por la idea de un Minotauro víctima y no victimario, por ciudades extraviadas de Europa y su siglo XX, por la nostalgia, la melancolía y la desazón de un futuro inciertamente trágico, por los pasos de un hombre como escritor sobre la Tierra y todas sus obsesiones, sus pequeñas alegrías y sus infinitas tristezas, por la física de aquella tristeza que recorre todo el libro. Como si el autor necesitara darle sentido, cuerpo y materialidad cartesiana a un sentimiento que es más parecido al aire otoñal o una casa amarilla dispuesta para enloquecer.
Y para que el laberinto termine de conformarse, en la novela se nos habla del lugar de la infancia, de la prevalencia de lo perecedero, de los refugios anti tiempo que son las narraciones, de compradores y vendedores de historias, de cines antiguos e iniciaciones sexuales, de la necesidad de nombrar las cosas, de una lista de miedos, de un catálogo de olores, de plantas medicinales, de platos búlgaros, de necrológicas y anuncios, de la perspectiva de los animales en la historia de la literatura, de la crueldad de los mataderos, del lenguaje como apaciguador de la tristeza, de lo no ocurrido, de mudanzas, de objetos, de techos, de la urgencia de huir, de las ventajas del viaje, de museos y dinosaurios, del abandono en la infancia, del apocalipsis que vendrá, de padres, madres y abuelos, de lo que somos, fuimos y seremos…
Si Sherezade narraba para no morir, Gospodinov , su digno heredero, narra para no olvidar, para poder ser en el futuro, para morir en paz como su Minotauro, que al final acompaña a Teseo por los eternos callejones de su cárcel contándole historias mientras éste reniega del papel que le toca cumplir. Y así vamos tirando del hilo del Minotauro y perdiéndonos en el laberinto y siendo todos Teseos anhelando que la historia nunca termine para no tener que cerrar el libro. Por suerte el laberinto es circular y podemos volver al inicio.
“Morí (viajé a Hungría) a finales de enero de 1995 como ser humano de sexo masculino de ochenta y dos años. [...] Morí como mosca de la fruta, al atardecer. [...] Morí el siete de diciembre de 2058 [...] Siempre he estado muerto. [...] Aún no he muerto. Soy inminente. [...] Morí el uno de febrero de 2026 [...] Recuerdo haber muerto como… [...] Yo fuimos.
Yo somos. Yo fuimos.

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