Breve defensa del diario íntimo

 


En su libro de ensayos A un joven escritor y otros escritos, don Miguel de Unamuno dice que llevar un diario íntimo, a un joven escritor, no le sirve para nada. Arguye que quien lleva uno, con el tiempo, deja de tomar el diario como un espacio para plasmar las experiencias de su vida y, en cambio, convierte su vida en insumo para alimentar su diario: el paradigma de vivir para luego escribir se invierte. Con esto, sigue, se pierde pues el impulso inicial de la escritura y todo empieza a pasar por un prisma literario que después va a trasladar a sus cuentos o novelas. Habla entonces de una literatura literaturizada por el diario, que decanta en cuentos que hablan sobre cuentos o en novelas que hablan sobre novelas. A su vez despotrica del teatro, que pone en la misma vara del diario como representación falsa de la realidad, como mímesis equívoca carente de verdad y humanidad. 


Bien podría estar de acuerdo con Unamuno, si no fuera porque mi experiencia ha sido la total antítesis de todo aquello. Es verdad que quien lleva un diario literaturiza en gran parte su vida. Las cosas mínimas o máximas, ante la luz de las palabras, pierden ese cariz experiencial para convertirse en experimento literario, en ejercicios de estilo. ¿Qué otro sentido tendría entonces tener un diario? Si fuéramos cronistas, cada día podría ser igual un entrenamiento. Pero no. Nos estamos entrenando para escribir ficción, y la ficción tiene que ver con la experiencia vital llevada a un plano estético y por ende a un ejercicio de estilo. Escribimos diarios no para contar lo que nos sucede—que importa más bien poco—, ni para mantener la memoria intacta del pasar de los días, ni para llevar un registro exhaustivo del tránsito de nuestras emociones, sentimientos y anécdotas. Si así fuera, le daría la derecha a Unamuno. Escribimos diarios para soltar la mano, para tener una excusa perfecta para escribir así sea una página todos los días. Cosa que a la larga agradece mucho un joven aspirante a escritor. El diario es un laboratorio que utilizamos según las capacidades y las herramientas que vamos adquiriendo. Es allí donde moldeamos nuestra gramática íntima. Es allí donde las cosas se convierten finalmente en algo parecido a la literatura, por simples que sean. Por eso reivindico el diario, porque es potencia, porque en ellos residen los temas íntimos del escritor, porque a fin de cuentas funciona como un algoritmo cibernético del cual apoyarnos para el Ars combinatoria que finalmente es la escritura. Luego, la calidad de los resultados dependerá de cada quien. 


Ni decir que tampoco estoy de acuerdo con lo que opina sobre el teatro. Se nota que Unamuno fue escritor antes que joven, maestro antes que aprendiz. Se nota que tampoco vio nunca una buena obra de teatro. Seguramente, según él, uno debería lanzarse a escribir primero una obra maestra y luego sí aprender a hacerla. Así que sigamos escribiendo diarios y sigamos haciendo teatro porque la realidad es insuficiente y aburrida sin el matiz de la representación estética. En eso consiste justamente el arte, aunque haya quienes opinen lo contrario. Allá ellos en sus dialécticas catedráticas. ¿Qué pensaría Unamuno de toda la tradición diarística de grandes escritores como Kafka, Musil, Cheever, Ribeyro, Piglia, Sarton, Highsmith, Marai, Bioy…entre tantos otros? ¿Qué pensaría de Tennesse Williams, de Chéjov, de Miller, de Brecht? Ah, sí, al final de sus días Unamuno publicó su diario y a lo largo de su vida escribió no sé cuántas obras de teatro. A veces cierto provincianismo es peligroso y totalizante. Sobre todo cuando se trata de dar consejos. 


A mi juicio, lo único que no amerita el diario es el lloriqueo constante, ni una desesperación extrema. Eso tampoco le viene bien al joven aspirante a escritor. Pero quién soy yo para dar consejos. 


Por: Nicolás Ibáñez G.

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