El boxeador polaco - Eduardo Halfon
En el eterno debate sobre el yo y la autoficción en la literatura, nadie tan habilidoso como Eduardo Halfon para desmarcarse de toda defensa y de todo ataque. Su proyecto narrativo es justamente esconderse detrás de ese Eduardo Halfon personaje poniendo todo lo que es Eduardo Halfon en realidad, pero por medio de las variopintas artes de la literatura. Es un juego de espejos. La verdad y la ficción se contraponen y terminan diseminándose ad infinitum.
El boxeador polaco inaugura dicho proyecto. En esta colección de relatos ya vemos todas las características que moldearán su literatura posterior: la brevedad, la búsqueda de la identidad, la condición judía, las mujeres, la literatura, el acto de escribir, etc. Y en este libro aparece quizás el mito fundacional del escritor que también estará presente en sus novelas posteriores. En el penúltimo cuento, que se titula justamente El boxeador polaco, Halfon relata que su abuelo, de origen judío, tenía tatuado un número en el brazo que siempre hizo creer que se trataba de su número de teléfono, pero un día le confiesa al propio escritor que en realidad se lo habían tatuado en Auschwitz, en un campo de concentración donde estuvo recluído, y en el que conoció a un boxeador polaco, compatriota suyo, que le enseñó lo que debía decir y lo que no debía decir en el juicio que se le iba a hacer, y que con estas enseñanzas, el boxeador polaco salvó de la muerte al abuelo de Eduardo Halfon, quien desde ese día dejó de hablar polaco para siempre y se exilió en Guatemala. Esta historia es la piedra rosetta del libro y de la toda la literatura de Halfon.
El resto de los cuentos, en cambio, también son geniales. Un profesor que conoce a un alumno joven de provincia destinado a ser un gran poeta, una aventura en un bar guatemalteco con una mujer judía a la que le gustaba que le mordieran los pezones duro, su experiencia en un congreso literario sobre Mark Twain, la amistad que entabla con un pianista que quiere retirarse de la música clásica para dedicarse a tocar música gitana y, por último, vale la pena una mención aparte, el cuento titulado Discurso de Póvoa, en el que un personaje, Eduardo Halfon, tiene que dictar una conferencia alrededor del tema ‘La literatura rasga la realidad’, y que le sirve de escenario para hacer una clara declaración de intenciones sobre lo que para Halfon es la literatura, o por lo menos su literatura. Termina diciendo: “... Al escribir sabemos que hay algo muy importante que decir con respecto a la realidad, y que tenemos ese algo al alcance, allí nomás, muy cerca, en la punta de la lengua, y que no debemos olvidarlo. Pero siempre, sin duda, lo olvidamos”.

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