La señora Potter no es exactamente Santa Claus - Laura Fernández
Hace unas horas terminé de leer La señora Potter no es exactamente Santa Claus de la extrañísima e irreverente Laura Fernández y todavía mantengo la sensación intacta de no querer salir de ese ese libro (ojalá nunca). Puede parecer cursi e inocente que un lector ya avezado se niegue a querer salir del marco de una novela de seiscientas páginas que leyó y devoró con entusiasmo en uno de los mejores ocho días (lectores) de su (melancólica) vida. Puede que lo sea y puede que no le importe en lo más mínimo, e incluso puede que haga alarde de ello ante sus amigos más cercanos. Porque este lector seguirá queriendo irse a vivir por una temporada a la “siempre desapacible y fría Kimberly Clark Weymouth”, esa ciudad en la que (¡Oh!) siempre es Navidad y que sirvió de inspiración a la famosísima y excéntrica Louise Cassidy Feldman para la escritura de su novela La señora Potter no es exactamente Santa Claus, homónima de la de Fernández, pero en la que una mujer, la señora Potter justamente, una mujer que fue una niña triste, concede deseos a los niños a cambio de que estos se porten mal, castigando así a los padres que ignoran los pequeños triunfos de sus hijos. Ciudad, volvemos a Kimberly Clark, en la que todos sus habitantes se creen detectives inmersos en un caso por resolver de una (muy) popular serie televisiva protagonizada por dos hermanas gemelas, y en la que (¡atención!) un hombre obsesionado por la novela de Feldman, el señor Randal Peltzer, abre una tienda de souvenirs (La señora Potter estuvo aquí) con todo lo relacionado con la señora Potter y dicha tienda se convierte en un (increíble) atractivo turístico de la ciudad en la que aficionados de todo el mundo llegan a diario a conocer la ciudad que inspiró la escritura de la (para muchos) su novela favorita, La señora Potter no es exactamente Santa Claus, de Louise Cassidy Feldman, y este (increíble) atractivo turístico se convierte en el sostén económico de Kimberly Clark, pero sus habitantes, los detectives, están un poco cansados de La Señora Potter, aunque dependan de ella, y quizás por eso dedican sus vidas a meterse en los asuntos de los otros, a espiar, a fisgonear, a ver si por fin pasa algo emocionante que los saque de la rutina en la que viven (y sí, pasan muchas cosas emocionantes). Pero allí, en Kimberly Clark Weymouth, nada es (exactamente) lo que parece.
Grosso modo, este es el marco que contiene el universo de la novela de Laura Fernández y del que el lector, al finalizar, no quiere salir. No quiere salir porque en Kimberly Clark sus personajes son tiernos, complejos, ridículos, algo estúpidos y sin saberlo (supremamente) inteligentes y conmovedores. No quiere salir porque la novela juega, se divierte consigo misma, se entretiene, se burla, se pone seria en ocasiones, se sabe estúpida y no le importa, se sabe ridícula y le da lo mismo, sabe que parece infantil, pero aquí nada es lo que parece, porque en el fondo hay un pozo enorme que nos refleja a todos y cada uno de nosotros (los lectores de La señora Potter) así, ridículos, tontos, a veces inteligentes. Entonces el lector quiere quedarse allí, en esa puesta en abismo que es la novela en la que una historia cuenta otra historia que a su vez narra otra historia que tiene otra historia de fondo y otra historia y otra historia, y (los lectores, incluso los avezados, así lo nieguen) casi siempre lo que buscamos en los libros son historias con las cuales irnos a la cama o demorar el tiempo libre o apurar un trámite incómodo. Porque las historias contienen los temas, las tramas, los estilos, la composición, los mecanismos, los recursos narrativos, las apuestas, los riesgos de los escritores, y esta historia nos habla de pensar en los otros y en nosotros mismos, en la generosidad, la compasión, la ternura. Nos habla, al mismo tiempo, sobre siempre querer irse y cambiar de vida, sobre la tentación muchas veces inconfesable de querer ser otros o llegar al punto de desviarse del camino para llegar a ser uno mismo en esencia. Una novela que reflexiona sobre el poder que tienen las ficciones sobre la realidad y las consecuencias de aquello, sobre la magia de la escritura en todas sus posibilidades y dimensiones. Pero, ante todo, sobre la pregunta: ¿quién es exactamente alguien? Porque así como la señora Potter no es exactamente Santa Claus, Kimberly Clark tampoco lo es, y así sucesivamente ninguno de los (fantásticos) personajes que nos muestra Laura Fernández.
Por todo esto, sumado a un estilo único en tanto lúdico, desparpajado y muy pero muy juguetón, es que el lector, al finalizar la novela después de ocho días, quiere irse a pasar una temporada a Kimberly Clark. Para (quién sabe) llegar a ser uno de estos personajes: el alcalde aspirante a escritor, la periodista entrometida, el inmobiliario amante de las miniaturas, la aprendiz de detective, la pintora que abandona a su familia, la vendedora de rifles, la escritora que se inspiró en una ciudad para su novela, el aficionado a la novela que abre una tienda de souvenirs, su hijo el triste, la madre del inmobiliario (obsesionada con el éxito de este), los escritores de novelas de terror que discuten todo el tiempo, el dependiente de la tienda de raquetas que husmea por todas partes y quiere ser importante, el fantasma que es un actor, la empresa de arrendamiento de fantasmas, el corresponsal que está en todas partes con un micrófono en la mano, su doble, la niña falsamente asesinada… Y así, la extrañísima Laura Fernández escribe una novela que es un homenaje a la ficción más pura, a la ficción ficcionada, a la puesta en abismo, al relato enmarcado, a las matrioskas, a las historias y las historias de las historias y donde (no) nunca nada es como parece ser…*
*Para quien lea la novela, allí encontrará una CIUDAD SUMERGIDA en miniatura que es como esta novela: una extrañeza digna de contemplación y maravilla.
Por: Nicolás Ibáñez G.

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