El peso de la tristeza


Miércoles 12 - 06:45

...El entusiasmo de ayer ha desaparecido, como lo sospeché. Segunda noche durmiendo profundamente las ocho horas reglamentarias. El cielo en Bogotá es gris hasta donde se mire en los cuatro puntos cardinales. Lloverá más tarde, seguro. El viento silba por entre los edificios, retumba en las ventanas. En mí, reposa una tristeza leve, suficiente para dejarme escribir. La dosis de tristeza necesaria para poder ejecutar. En ella se esconde una sonrisa melancólica no desprovista de un poquito de alegría. Sí, aunque parezca extraño hay alegría por estar un poco triste. Como cuando uno mira por la ventana de una sala de espera de un aeropuerto antes de abordar el avión que lo llevará durante un tiempo a un país remoto, lejano, de lengua desconocida. Como cuando llueve en una tarde de domingo, pero aún así lees un poema de Louise Glück o un cuento de Eloy Tizón y todo es tan triste pero a la vez tan reconfortante. No sé si era Pessoa o un amigo o yo mismo quien hablaba de los gramos de pesadez y de liviandad que hay en las emociones, en la tristeza específicamente. Decía que hay tristezas pesadas, que se cargan como bultos de papa en la espalda y se llevan a paso lento, con cautela. Decía que hay tristezas livianas, que son como nubes lloviendo en el cerebro, tristezas-sombra, tristezas-caricia, tristezas-canto. Decía que a veces también hay tristezas inciertas, de las que no se sabe casi nada, como escuchar un zancudo en la noche, fastidiosas, como tener un astilla en la media, incómodas, como empezar a enamorarse, peligrosas. Esa es la tristeza más común, innominable, incognoscible, inencontrable, la que se ve en rostro de todas las personas que andan por la calle y se manifiesta en el gesto de meterse una mano en el bolsillo, en la arruga del entrecejo, en la piel curtida, en la mirada hacia el piso, en la abstracción lejana y profunda. Una tristeza con la que, sin embargo, estamos bien, reconciliados, conformes. Y nos acostumbramos a llevarla de la mano con nosotros, a hacerla invisible ante los demás. Nos acostumbramos a ella como se acostumbra uno a que no funcione un fogón de la cocina o a viajar de vacaciones todos los años al mismo sitio. Lo raro, entonces, es encontrar la alegría. Esa sí que es escasa y en los tiempos que corren, revolucionaria.


Nicolás Ibáñez G.

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