Regalar libros



A quienes nos gustan los libros siempre vivimos en la dicotomía de querer regalar libros. Somos predecibles, sí. Regalamos libros. No hemos aprendido de estética textil, ni de decorados de hogar, ni de relojes o joyas. No hemos aprendido nada útil. Desafortunadamente pensamos que, como quisiéramos para nosotros, el libro es el mejor regalo que se puede dar. Y puede que lo sea. No siempre, pero casi. Ahora bien, ¿qué significa regalar un libro? Recuerdo que una amiga, ojalá leas esto, Kim, una vez me regaló los dos volúmenes de Sexus de Henry Miller. Éramos adolescentes y felizmente tontos y recuerdo que leí ese libro con una devoción fervorosa, dos veces seguidas. Esa novela fue, y aún sigue siendo, mi biblia sentimental. Hay pasajes que tengo casi tatuados en mi pecho, como el fragmento cuando el personaje resignado dice: “Nada va a cambiar, excepto yo mismo. Acepto la derrota de escribir”. No sé si ella había leído ese libro antes, pero yo sentía que me entregaba algo de sí misma en ese regalo. Algo intangible que sólo era decodificable con la lectura. Yo leía a Kim y a Miller al mismo tiempo. La quería muchísimo. Nos descubríamos los dos a la distancia, entre páginas, entre peleas tontas y reconciliaciones venideras. Esa fue la época, también, en la que me hice un lector de verdad. En la que mi tiempo de vida se volcó al servicio de las ficciones. ¿Escapismo? Sí. ¿Ocio? También. ¿Vagabundeo? Pero claro. “Déjenme en mi vagabundear de hoja de otoño”, dice un poeta. No recuerdo un día, desde entonces, hace más de doce años, en el que la lectura no haya sido mi café por las mañanas, mi adicción. Y tú das de lo que tienes, de lo que eres. No puedes dar otra cosa. Entonces empecé a regalar libros. A veces en tono de préstamo. A veces en son de recomendación. Muchas veces en físico. Otras en formatos digitales. Regalar un libro es una promesa del porvenir. Es pensar que la otra persona puede sacar el tiempo y el interés en una cosa que a ti te pareció que podía decirle algo. Es pensar que el devenir de la vida le dará la oportunidad de estar viva para que se siente, o se acueste mejor, a leer ese libro, justo ese, entre los millones de libros que hay. Como si fuera tan importante. Pero sí lo es. Lo es para ti porque se lo recomendaste, se lo prestaste, se lo regalaste. Sólo lo es para ti. Y al ser tan íntimo, el regalo es precioso.

Por: Nicolás Ibáñez
 

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