Peregrinaje
Buenos Aires. Junio. Año 2015.
Estoy de pie en una calle desconocida cerca de Plaza de Mayo fumando un cigarrillo. Una capa fría y húmeda bruma la ciudad por completo. Cada tanto un relámpago anuncia una tormenta que nunca llega y centellea a los pocos transeúntes que quedan. Es temprano, pero ya es de noche. Estoy solo, tengo veintidós años, me acabo de comer una pequeña dosis de LSD y tengo al frente la gran ciudad de Buenos Aires. El primer objetivo será llegar a Caballito, donde me esperan unos amigos para ver un espectáculo. Así que emprendo camino hacia donde intuyo queda la parada de metro. El viento me obliga a mantener las manos dentro de los bolsillos de mi chaqueta. En un kiosco le pregunto a un señor gordo de bigotes blancos las indicaciones para llegar. Me dice que es mejor tomar un ómnibus, me llevará más rápido. Me indica una dirección y extiende la mano. “Hacia ashá, todo recto”. Le agradezco y aprovecho para utilizar su encendedor que cuelga de las estanterías de revistas pornográficas. Camino recto por Avenida Rivadavia buscando un paradero. Me impresiona el parecido de la ciudad con el imaginario que tengo de ella. Las influencias de tantas novelas, cuentos, películas y partidos de fútbol aparecen reveladas con total exactitud. Es como si tuviera la ciudad tatuada en una placa en mi cerebro o como si un sueño se correspondiera con la realidad. Altos edificios y veredas angostas. No veo ningún bus, ningún paradero. De a poco empiezo a sentir el efecto del ácido, primero en las piernas, un hormigueo, una modesta sensación de levedad, una voluntad sobrehumana, mi cuerpo infatigable. Decido seguir caminando, dejarme llevar por la errancia. Compro una cerveza en un chino. Ya he atravesado la 9 de Julio y ahora entro en la Plaza del Congreso, donde la Avenida se amplía y se convierte en una vertiente importante, casi una autopista. El barullo ahora se hace intenso: personas, carros, buses, luces que anuncian restaurantes, bares, cafés, tiendas de ropa, librerías, compraventas. La ciudad aumenta su latir de sábado a la noche. Me detengo un instante para admirar el famoso Pensador de Rodin y la cúpula del Congreso argentino. Me empiezan a sudar las manos y el frío desaparece por completo. La noche bonaerense es mía y la tengo a disposición. Me gustaría hablar con alguien, pero sigo con mi marcha lenta, peripatética y solipsista. Trato de registrarlo todo con la amplitud de mis sentidos ya exacerbados. Creo que una sonrisa de éxtasis un poco tonta se dibuja en mi rostro. No me importa. Soy el amuleto del que Borges escribió un cuento famoso en el que “cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente las veía desde todos los puntos del universo”. Soy un Aleph extrajero, flaneur suramericano, punto cardinal de todas las esquinas del mundo. Veo rostros de mujeres que no olvidaré, veo polacos cenando en una terraza, veo gabinetes de recuerdos expuestos en una tienda de antigüedades, veo un grupo de amigos al que me gustaría pertenecer, veo un laberinto cuadriculado que se expande en infinitas direcciones, veo símbolos en el reflejo de los ojos de quienes se cruzan conmigo, veo la divinidad del orden cósmico, veo la introspección, el ansia, el fluir de las arenas del tiempo. Intuyo una libertad que nunca jamás volveré a tener. Me detengo en un semáforo y miro hacia el cielo cubierto de luz y de nubes que esconden dimensiones desconocidas para mí. Abro los brazos como un suplicante y experimento la sensación inédita de tener a Dios en mí, de poseer en mis manos la Verdad de todas las cosas. Inmediatamente la sensación desaparece. Saco mi celular sin internet y verifico la foto con las indicaciones que me dieron por chat. Debo llegar a Hidalgo 878, como si eso significara algo en estos momentos. Todavía tengo algo más de una hora y siento que ya estoy cerca. ¿Cerca de qué? ¿De la revelación? ¿De mí mismo? No lo sé. Me siento en un café y pido una cerveza a la mesa. Me la tomo despacio. En el televisor dan el resúmen deportivo de la tarde del sábado. Lanús 2 - Banfield 1. San Lorenzo 0 - Racing 2. La música repite unos versos de Los Redondos, “No tengo dónde ir… Algo me late y no es mi corazón… Y cómo no sentirme así..” Pido la clave del Wi-Fi y tengo un mensaje de mi amiga. Me espera a las 20:45 en el Parque Centenario. Pago la cuenta y pido nuevas indicaciones. Salgo y presiento que mi juventud es muy corta, que quizás consista en un sólo instante memorable y sea este. Pronto se acabará mi peregrinaje, primera estación de mi propio viacrucis. Llegaré al punto de encuentro, mi amiga me saludará con alegría, me extenderá un porro para que lo fumemos juntos mientras caminamos hacia el teatro, tomaremos una cerveza antes y subiremos al Piso Impro, el lugar de los amigos y el teatro y las bebidas. Dos horas más tarde, en la terraza del lugar, con el LSD a tope y un fernet en la mano, recordaré las últimas líneas del cuento de Borges y lo modificaré a placer: “¿Existe ese Aleph en lo íntimo de mí mismo? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Buenos Aires”. Buenos Aires, mi juventud empezó y terminó un día de junio recorriendo tus calles. Ya nunca más, sin tener nada, lo volveré a tener todo. Benditos aquellos días en los que fui un errante por tu ciudad de la furia, benditos los días en que me creí inmortal y el futuro era apenas un presente que vibraba, bendita la risa fácil y esa libertad que, en efecto, no he vuelto a conseguir.
Por: Nicolás Ibáñez G.


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