Teología urbana



Ayer presencié una escena de lo más cómica en Transmilenio. Una verdadera batalla teológica que me devolvió a la Irlanda del siglo XIX. Una vez terminó de cantar el tradicional rapero y pidió sus colaboraciones a los transeúntes del bus, el siguiente en la fila era un hombre moreno y flaco de acento extranjero que empezó, en lugar de vender sus productos o mostrar sus talentos, a predicar la palabra del señor Jesucristo. Últimamente también se ha vuelto muy habitual contar la historia de cómo el cristianismo evangélico rescató del mal (dígase: alcoholismo, drogadicción, ladronismo, prostitución, ludopatía, violencia, vagabundería, proxenetismo, tráfico de armas, microtráfico de drogas, venta de órganos, prostitución infantil, descuatizamiento, asesinato, secuestro, concierto para delinquir, entre otros) al paciente en cuestión. Por lo general citan un versículo por cada dos o tres oraciones y su discurso es altamente altruista. Estábamos en medio de aquello, cuando una señora de unos cincuenta años, detrás de un tapabocas de tela, alzó su voz en cuello en favor de los sacramentos, la virgen María y el reinado del padre, el hijo y el espíritu santo. Primera tensión. La disputa se desató luego de que el muchacho negara rotundamente la existencia del purgatorio como espacio de redención y perdón de los pecados, cosa que enfureció a la señora, quien quizá necesitaba de dicho espacio para redimirse de algunos pecadillos. De esto, como de esperarse, saltaron a la existencia del cielo y del infierno; de allí a la interpretación de la palabra de Dios; a la existencia después de la muerte; al dogma tan severo del protestantismo; a la pedofilia de los sacerdotes; a la codicia desmesurada de los pastores; a que la suya; a que la mía; a que tin; a que tan; a ¿cuál es entonces la fe verdadera? Silencio. Segunda tensión. De los demás pasajeros, algunos se reían y se miraban con extrañeza, otros comentaban en voz muy baja la razón de este o aquella, los últimos simulaban indiferencia o se alejaban dentro del bus. 

El momento más absurdo estaba por llegar. Después de una larga intervención de la señora en la que terminó llamando sectas a las vertientes protestantes, el muchacho, quizá sin más argumentos, empezó a cantar una canción. Debí haber anotado la letra, porque era divertidísima y hablaba de Jesús y de Jesús y de Jesús. Lo mejor fue cuando, primero en voz muy baja y luego cada vez más fuerte, algunos pasajeros empezaron también a cantar la misma canción con el mismo fervor y devoción del muchacho. Aquello que parecía una discusión teológica era ya una tribuna deportiva sur de cualquier estadio de fútbol un domingo por la tarde. Salvo que nadie chiflaba ni tocaba ningún redoblante. 


Desafortunadamente tuve que bajarme del bus y me perdí el final de la escena, pero intuyo que la señora optó por callarse, echarse la bendición y rezar un rosario de bastantes Ave Marías. Los otros, a través del canto, entraron en un éxtasis casi místico y ahí mismo, desde el acordeón del bus, el joven moreno lideró el culto. Una persona terminó desmayada al sentir la mano de Jesús en su pecho. Otra llorando arrodillada con la cabeza en el suelo. El Transmilenio llegó al Portal y todos tuvieron que abandonar el bus y seguirla en alguna cantina jugando bolirana. 


Por: Nicolás Ibáñez.

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