Lluvia de tarde




Miércoles 20

18:48

Cae la tarde bajo un torrencial aguacero que parece haberlo limpiado todo, tan sucio que estaba. La luz, en menos de dos horas, ha cambiado en cientos de matices y seguirá cambiando con cada minuto que pasa. Mira el cielo en este instante. A las 16:30 el sol todavía despuntaba entre algunas nubes y bañaba una esquinita de mi escritorio con un poco de luz lechosa y blanquecina. Desde el norte, sin embargo, venía la tempestad. Siempre desde el norte. La vi venir lentamente mientras ennegrecía todo a su alrededor, como un ejército romano conquistando tierras fértiles. Las luces de las casas se encendieron, al igual que las sombrillas y las tazas de café. Las personas se abrigaron, se pusieron la capota, la bufanda y los guantes, si llevaban. Cuando llegó la hora, la lluvia empezó apocalíptica, sin esperar a nadie, pesada como una culpa. Por un momento todo se detuvo. Solo estaba la lluvia, afuera, borrando, desechando, bendiciendo. Adentro, paz, serenidad, magnificencia por la maravilla de la naturaleza. Entonces volvió a aclarar, a pesar de la hora, a pesar de la lluvia, a pesar del norte. Las nubes, libres ya, recuperaron su azul océano y se desprendieron del gris. Por el occidente aún se podía distinguir el blanco celeste de un atardecer a punto de extinguirse. Desde el norte, otra vez, se aproxima otra tormenta señalando a quien la mira como la muerte misma. La esperaremos, y quizás tendremos que servirnos otra taza de café y ponernos un gorro de lana, y esta noche es posible que haga frío y no tengamos con quién dormir y nuestros pensamientos se nublen y suframos insomnio mientras vemos caer la lluvia y eso nos dé tristeza. Pero también es posible que no llueva más, que el viento, beneplácito, arrastre las nubes lejos, digamos al occidente, donde todavía no ha llovido, y en la noche, cuando nos acostemos, haga calor debajo de las sábanas, y tengamos revelaciones y epifanías alucinantes que nos rebosen de una alegría mística, y nos durmamos con una sonrisa en los labios sin saber muy bien por qué, aunque estemos solos y tengamos frío, aunque la vida nos parezca un sinsentido y creamos que no pertenecemos a ninguna parte. Si miran el cielo, casi parece que nunca hubo una nube. La luna se ve nítida y ya es de noche. Otra noche más en la que todo es posible.

Por: Nicolás Ibáñez


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