Inventario # 1 - La mesa de noche



Uno de los objetos más antiguos que tengo es mi mesita de noche. Ha sido la vigía de mis sueños durante por lo menos un cuarto de siglo. Me ha acompañado, impasible y serena, en mi deambular por la ciudad, cargando a lo largo de los años las pequeñas cosas que me son indispensables. Cosas que a la larga no utilizo. Cosas inútiles. Cosas amuleto. Cosas talismán. Cosas fetiche. La mesita de noche como depositaria de la historia de una vida, archivo y documento, radiografía, cartografía, atlas de uno mismo, sarcófago, cofre sagrado. Esculco, revuelvo, rastreo. Encuentro, por ejemplo, el viejo tarot de Marsella, de los días en que consulté el esoterismo buscando sortilegios y los arcanos me decían que debía conservar la templanza reflejada en el número siete. Abro el tarot y la primera carta que aparece es la del Loco. Representa el descontrol, el infantilismo de quien no quiere crecer, pero también el desplazamiento, la necesidad de un cambio imprevisto. Antes podía ver en eso una señal oculta; ahora es mi inminente realidad. Desperdigada, está también la colección de inhaladores ya terminados, seis en total, que por algún motivo no me atrevo a botar a la basura, como si fuera un recordatorio de mi finitud o una especie de museo íntimo sobre mi respiración asmática, mi respiración artificial. Entonces recuerdo una frase que le escribió el Che Guevara a su madre: “para mí es más importante el inhalador que el fusil”. Supongo que mis imprescindibles son parecidos: el inhalador y los libros: mis soplos de vida, mi fuego amigo. Sigo esculcando y en la pared del fondo, en posición de eterno reposo, encuentro una lamparita inalámbrica que ya no tiene pila. Pertenece a un tiempo aún más remoto, de cuando viajaba por Colombia haciendo teatro y, cansado de mis compañeros, en los recorridos nocturnos leía novelas en buses intermunicipales. Me cubría con una frazada a modo de tienda de campaña y dentro de mi cueva privada, iluminado por esta lamparita, leía a Pamuk, a Kundera, a Saramago. Claro que fue la responsable del recrudecimiento de mi miopía, pero a la vez la salvadora de tantas noches de tedio y fastidio. Del otro lado, casi pegado al borde lateral, está lo que queda de un lápiz. Yo, que desde hace años trabajo con portaminas y esfero, ¿qué habré escrito con este lápiz?, ¿qué habré subrayado en cuáles libros?, ¿qué cartas, qué proyectos, qué tareas pendientes, qué direcciones, qué teléfonos, qué compromisos habré anotado en qué libretas? Sólo él sabe, pero también sabe guardar su secreto.  Justo al lado del lápiz, ojalá como una premonición, hay una bolsita llena de monedas de las que mi madre siempre nos arma para tener en el bolsillo en fin de año. Para la abundancia, nos dice. No importa la denominación, lo importante es que sean doce. Así que aquí hay doce monedas repartidas de la siguiente manera: dos de veinte pesos, cinco de cincuenta, cuatro cuartos de dólar y una moneda de cinco centavos de euro. No está mal, pienso. Quizás este texto, al ser un inventario, también funcione como un conjuro que me traiga la abundancia y la prosperidad que augura la bolsa. El último objeto que encuentro, fuera de las cosas útiles, es un barco de origami. Está armado en una factura a la que ya se le borraron las letras y los números. Por cómo está doblado el papel, estoy seguro de que alguien debió regalármelo, pero no recuerdo quién, disculpará. Sigue siendo importante, lo juro, porque todavía está en mi mesa de noche.

 Entonces siento que nace dentro de mí cierta nostalgia por los objetos, un temor latente, como si fuera lo único que al final nos puede sobrevivir, parte pasiva de nuestra memoria. ¿Por qué será que esculcar entre nuestras cosas es tan revelador y al mismo tiempo nos produce una distancia de antepasado? ¿En qué momento se convirtieron todos estos elementos en el esqueleto de nuestra narrativa? ¿Será cierto eso de que la mesa de noche dice mucho más de alguien que su Instagram o una entrevista de trabajo? Si es así, ¿qué historias cuenta sobre ti el inventario de tu mesa de noche?


Por: Nicolás Ibáñez G.

Comentarios

Entradas populares