Llorar
De niño fui diagnosticado con una afección muy extraña: no podía dejar de llorar. Una obstrucción en mis conductos lagrimales hacía que mis lágrimas no se drenaran y se acumularan cada tanto en mis ojos resbalando por mis mejillas sin el menor control. Cada parpadeo era una cascada. Mis ojos eran, y son, vidriosos, pequeños y húmedos. Mis bolsillos siempre estaban llenos de pañuelos y servilletas mojadas. Por supuesto, en esos años, la pregunta más frecuente era, ¿Por qué lloras, Nico?, a lo que yo respondía siempre que mi llanto no era tal y explicaba una y otra vez mi condición. El asunto era un fastidio, se imaginarán, pero empecé a aceptarlo con el estoicismo propio de un niño de 6 años, empecé a hacerlo parte de mi personalidad. Yo era el niño de los ojos aguados. Qué se le podía hacer. De hecho, cuando apareció la posibilidad de instalarme un mecanismo interno que por fin solucionaría mi problema, me negué enfáticamente cuando mis padres me explicaron que había una mínima posibilidad de morir en la operación. Era preferible jugar al fútbol con los amigos y a las escondidas chinas con las amigas. Qué importaba el llanto y los pañuelos y el matoneo de algunos pocos si existía el fútbol y las escondidas chinas. Entonces, para contrarrestar, me convertí en un niño alegre, divertido. Me gustaba reír para que mis lágrimas no parecieran de tristeza. Me gustaba hacer reír para que se olvidaran de mirarme a los ojos o para que también a los otros se les pusieran pequeñitos y húmedos. De a poco pasé de ser el niño de los ojos enlagunados al adolescente chistoso, algo brillante, muy buena gente.
Pero todo cambia. Todo mejora y todo se pudre. Mi afección fue desapareciendo con el pasar de los años. Ya no era necesario el pañuelo. Ya no recibía preguntas incómodas con voces de conmiseración. Sin embargo, con la enfermedad, algo más desapareció dentro de mí, algo esencial que me pertenecía, que me identificaba, que me hacía único: mis lágrimas. De un momento a otro no pude volver a llorar. No supe cuándo, después de qué traición, de qué película, de qué cuento de Carver, de qué llanto, mis ojos se secaron. Es como si me hubiera vaciado por dentro, como si de niño hubiera llorado las penas y las desgracias de toda una vida al tiempo que reía y jugaba y se me consideraba brillante. Un desprendimiento de algo humano que se esfumó, un castigo divino, una recompensa. El sacrificio y la consagración de mis ojos por tanto prematuro esfuerzo. Y con las lágrimas, se fue también mi capacidad de asombro, la virtud de reír y de hacer reír, de ser un cómico. Supongo que ya no era necesario. Ahora podía ocultarme, desaparecer en la normalidad, ser un trágico más en medio de la espesura de los días. Mis ojos no dejaron de estar vidriosos, pero perdieron el brillo y algo dentro de mí murió para siempre.
Ahora, cuando de grande sufro las penas propias de una vida, en cambio, no hay nada. Entonces grito, canto, lloro, berreo, me muerdo las manos, fumo como un poseso, me doy de cabeza contra la pared, me arrojo a los carros, me quemo con agua caliente, me doy latigazos de reproches, me desvelo y me convierto en un insomne sin sombra al borde de la locura, pero mis lágrimas se fueron, ya no están. Y la risa estentórea con la que paliaba mi llanto tampoco. Ahora las necesito, a ambas, y las busco en otros ojos que me presten lo que alguna vez tuve de sobra. Y un grito ahogado de llanto y desesperación se asoma, y yo ya no puedo llorar ni reír.
Nicolás Ibañez G.


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