La uruguaya - Pedro Mairal
Tengo un amigo escritor con el que, cuando hablamos de literatura y de música, la dividimos en dos categorías: la gruesa y la delgadita. Bajo este criterio, para nosotros, Rayuela de Cortázar se va quedando cada vez más en el estante de la “delgadita”, mientras que Seda de Baricco, conforma plenamente el estante de la “gruesa”. Es un asunto de profundidad, de tesitura, de arquitectura, de placer estético.
Recuerdo una época en la que las novelas de Pedro Mairal se difundían por la web con una animosidad casi sospechosa. Todos los suplementos culturales y los influencers de los libros en las diferentes plataformas en español hablaban de él; todos lo recomendaban. A esto se le sumó la adaptación para el cine de La uruguaya que hicieron los amigos de Orsai (y que todavía no he querido ver). En ese momento, como es natural en mí, desconfié del fervor y dejé pasar la marea del estallido mediático. Sin embargo, su nombre y el título de la novela se quedaron prendidos en mi memoria y en la lista de mis pendientes. Hasta que llegó el día para leerla.
Hacía sol en Bogotá en aquellos días, y desde las primeras páginas supe que el clima era el adecuado. En principio, La uruguaya puede parecer una de esas novelas vacacionales que nos llevamos para pasar el tiempo en la playa después del desayuno en el hotel con una mimosa en la mano. Cumple con todos los requisitos: fácil de leer, de trama ligera, rápida en la concatenación de las acciones, final algo previsible. Lo que llaman una ‘novela de una sentada’.
Cuenta la historia de Lucas Pereyra, escritor de mediana edad, casado, con un hijo, que atraviesa la típica crisis de los 40. Su matrimonio está fisurado, su escritura está estancada, su economía es más que precaria y sus motivaciones nulas. Entonces emprende un viaje a Montevideo con el objetivo (manifiesto) de hacer una transacción cambiaria de divisas que lo beneficia, y con el objetivo (oculto) de encontrarse con una mujer con la que viene hablando desde hace unos meses, una joven uruguaya que conoció en otro viaje anterior. Ya en tierras orientales, el personaje realiza su transacción, reclama los dólares con los que podrá estar tranquilo por unos meses y terminar el libro que está escribiendo, alquila una habitación en uno de los mejores hoteles de la ciudad y va al encuentro de la uruguaya, su amiga, su casi amante... En este punto hay que decir que la novela funciona como carta y explicación de Pereyra a su mujer a la que le cuenta todo lo sucedido durante ese día (y que no pienso revelar en esta reseña).
Ahora, al cabo de algunos días de leerla, me pregunto: ¿qué hace que una ‘novela de aeropuerto’, si se quiere, siga estando en mi pensamiento y me impulse a escribir sobre ella? ¿Qué hace de La uruguaya una novela digna de la literatura gruesa, como ahora la considero? A medida que pasan los días voy encontrando algunas razones. Sé que no tiene que ver con el tema, que es bastante común, sino con la exposición del mismo. Sé que no tiene que ver con la trama, más bien simple, sino con el lenguaje en que se desarrolla. Sé que tiene que ver con que me haya hecho reír a carcajadas y más adelante sonreír con ternura y más adelante llorar. Sé que tiene que ver con una verdad profunda de lo narrado, con la honestidad del texto. Sé que tiene que ver con el tratamiento de la desesperación del personaje que no es condescendiente ni lastimero, sino sutil incluso en su ridiculez. En últimas, sé que tiene que ver con la capacidad de Mairal para llenar de profundidad lo aparentemente superficial sin caer en la pesadez y en la pretensión (cuestión tan difícil de zanjar). Y además, nos demuestra a los lectores que no son necesarias las grandes hazañas, ni las 700 páginas, para hacer gran literatura, literatura de la gruesa.
Ojalá todos los libros que se venden en los aeropuertos y los que leemos en las vacaciones tuvieran la calidad de La uruguaya.


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