Canto yo y la montaña baila - Irene Solá
“...Canto como si plantara,
como si hiciera una mesa,
como si alzara una casa,
como si trepara una loma,
como si comiera una nuez,
como si encendiera una brasa.
Como Dios creando animales y plantas.
Canto yo y la montaña baila.” I.S.
Esto no puede ser una reseña. Es imposible resumir el contenido de esta novela en unas cuantas palabras. Será, a lo sumo, una impresión, el recuerdo de una impresión, un destello. Como cuando se describe un paisaje o un atardecer o un olor o el amor cuando lo acabamos de hacer. Las palabras pierden alcance ante la maravilla de lo que vimos, sentimos o escuchamos. No exagero. Leer esta novela es querer quedarse a vivir dentro de ella, asirla un poco más dentro de nosotros para que no termine, para que no se esfume, para que no se olvide. Es querer no haberla leído para leerla por primera vez. No exagero. Los lectores me darán la razón.
Pero vayamos por partes. Lo primero que impresiona es la ambientación, la atmósfera que nos va atrapando en las laderas de los Pirineos catalanes. Una cadena montañosa que respira y siente y vive, y alrededor de ella todos los seres que la habitan y la conforman. Los climas, las texturas, los sabores, los tonos del cielo y de la tierra, todo esto se convierte para nosotros en refugio de la narración, en hogar. Esto, Irene Solá lo consigue a través de sus distintos narradores. Aquí viene la segunda sorpresa. En total son dieciocho narradores que van completando la historia. Entre ellos hay nubes, poetas muertos, un oso, una montaña, seres mágicos del agua, brujas, animales, trompetas de ángel, fantasmas y humanos. Cada uno narra desde sus posibilidades y sus perspectivas, pero cada uno es una historia en sí mismo con voz propia. Y disgregan, se esparcen, amplían, reducen, viajan en el tiempo y en el espacio a sus anchas.
Entre tanto, punto culminante de la novela, está el lenguaje, la dimensión poética y simbólica que le imprime Irene Solá a cada narrador y a cada historia. Como lo advierte el título, la novela se canta, se entona en versos libres repletos de imágenes y alegorías y metáforas y simbolismos y conjunciones que no se detienen y cuentan como si contar cuentos fuera lo más importante y como si sólo contando cuentos tuviéramos presencia y memoria en la tierra. Entonces aparece la “historia”, la anécdota, que el lector tiene que ir armando como en un rompecabezas de mil piezas a partir de la trama. Y en ella hay muerte y culpa y perdón y magia y amor y familia y una montaña y un hogar. Todo eso en menos de doscientas páginas. Y, por si fuera poco, queda espacio para la reflexión sobre lo que es la poesía, sobre la naturaleza de las cosas, sobre las pasiones humanas y fantásticas y sobre la formación del mundo y sus mitologías.
Entonces la novela se convierte en una experiencia completa, sensible, inteligente, conmovedora, deliciosa al paladar. En serio que no exagero. Canten y bailen con la montaña y disfruten a Irene Solá. Para la muestra un botón:
"La poesía lo tiene todo. La poesía tiene la belleza, tiene la pureza, tiene la música, tiene las imágenes, tiene la palabra pronunciada, tiene la libertad y tiene la capacidad de conmover, y de dejar entrever el infinito. El más allá. El infinito que no está en la Tierra ni en el Cielo. El infinito de dentro de cada uno. Como una ventana en lo alto de la cabeza que no sabíamos que teníamos, y que la voz del poeta abre un poco, y allí arriba, por esa rendija, asoma el infinito."
Por: Nicolás Ibáñez

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