Tempus Fugit
Soñar con un tiempo remoto, anidar la esperanza de un paraíso próximo que ya vendrá, una mañana radiante en la que el mundo, tibio de sol, sonría a todos los hombres y en nosotros, por fin, eso que tanto esperábamos se haga realidad. ¿Qué es eso, sin embargo, por lo que seguimos aceitando la llama de la vida y no nos cansamos de esperar? Quizás no sea sino el paso del tiempo y en el fondo, como en El desierto de los tártaros del gran Dino Buzzati, no pase nunca nada salvo que el río llega a su fin y desemboca en la mar, en una mar oscura que en vez de terror sea de alivio, que en vez de trágica, sea de heroica muerte.
Puedo recordar todavía la sensación que me provocaban los sueños prometedores durante la primera juventud. Incluso imaginaba los climas en los que se desarrollaría una carrera brillante como actor, como escritor, nublados casi siempre, como en una tarde en una isla de las antillas que presagia una tormenta cálida; imaginaba los espacios que transitaría, yendo de un lugar para otro, invitado a congresos, festivales, ferias, recorriendo países, perdiendo teorías; imaginaba las mujeres que conocería en las noches de bohemia que terminarían en la habitación de un hotel de lujo brindando y felices de lo efímero de aquella noche, olvidándonos al día siguiente; los trajes que portaría en las ocasiones especiales, combinaciones de azules y marrones, camisas claras, gafas oscuras, peinado al ras, la maleta cruzada en las que siempre llevaría novelas y libros de ensayo.
Hoy sólo puedo imaginar la sensación que aquellos sueños me producían porque la llama parece extinta, una pequeña brasa a punto del último viento que la apague para siempre. Hoy, la melancolía se volvió abulia y la abulia desconsuelo y el desconsuelo enfermedad. Sí, puedo decir que soy un enfermo de tiempo, y eso quiere decir que el sentido de las horas se ha perdido para mí. Desconozco el entusiasmo por alguna actividad concreta, aunque todavía en el fondo quiera escribir grandes novelas que produzcan en los lectores lo que produjo El desierto de los tártaros en mí. Señal de que entonces sigo esperando que algo suceda. Algo que me cambie la vida, esta vida monótona y aburrida, equivocada, que yo mismo encaminé. ¿Las razones? Puedo enumerar algunas: alcoholismo, irresponsabilidad, falta de talento evidente, carencia de disciplina. ¿Las consecuencias? La ruina de mí mismo, desmoronamiento inminente, debilidad, inutilidad, tristeza, cansancio. ¿Las perspectivas? Ninguna. Quizás salvarme a punta de literatura. Leer algunos libros antes de morir. Volver a pisar alguna sala de teatro. Buscar la inspiración.
Citaré un pasaje de la novela que inspira estas líneas:
“Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años discurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha. Se camina plácidamente, mirando con curiosidad alrededor, no hay ninguna necesidad de apresurarse, nadie nos hostiga por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin aprensiones, parándose a menudo a bromear. Desde las casas, en las puertas, las personas mayores saludan benignas, y hacen gestos indicando el horizonte con sonrisas de inteligencia; así el corazón empieza a latir con heroicos y tiernos deseos, se saborea la víspera de las cosas maravillosas que esperan más adelante; aun no se ven, no, pero es seguro, absolutamente seguro, que un día llegaremos a ellas.”
“¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado mal, por casualidad? ¿No son quizás estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que adelante es mejor, y se reanuda sin pensar el camino”.
Y así, hasta que el camino se trunca en la mitad del sendero anunciando un espeso bosque en el que no hemos reparado. Y nos confundimos pensando que volver no es una opción. ¿Volver? ¿A dónde, si el tiempo sigue su marcha y los relojes no se detienen y hacia adelante sólo nos espera la muerte? ¿La trascendencia? ¿De qué, si nos olvidarán más temprano que tarde? Sólo queda esperar, si es que no tenemos el valor para poner fin a este martirio que es la vida. Esperar y embriagarnos, como decía Baudelaire. Encontrar refugio en la literatura, en el arte.

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