Las vírgenes suicidas

“Mañana. A media noche. Esperen la señal”


Justo por estos días se celebró el Día Mundial de la Prevención del Suicidio en la que las organizaciones de la salud hacen un llamado a la sociedad en general y a los Estados en particular a prestarle atención a un fenómeno que no para de crecer. 


En 1993, Jeffrey Eugenides, escritor norteamericano de origen griego, publicaba su primera novela, Las vírgenes suicidas. Como su nombre lo indica, y sin hacer ningún tipo de spoiler, la historia cuenta el suicidio de las cinco hermanas Lisbon: Cecilia, Lux, Bonnie, Mary y Therese. 


La novela es la reconstrucción de los hechos veinte años después por el grupo de adolescentes—que ya no lo son— que vivían en el mismo barrio de la familia Lisbon y que siempre estuvieron fascinados por las hermanas, incluso enamorados de ellas. A medida que se van esclareciendo los hechos y las circunstancias, el grupo trata de indagar en las razones y ahondar en el misterio de por qué se suicidaron las hermanas, qué las llevó a todas y a cada una a cometer ese acto. 


En este sentido, Eugenides se vale de la pesquisa como método para abarcar todas las teorías de las que se hablaba en ese momento. El narrador en primera persona del plural nos permite ver un panorama amplio de voces, perspectivas, opiniones y conclusiones. La excusa del suicidio múltiple y conjunto sirve como plataforma para criticar fuertemente toda una época, un estado de cosas. La punta del iceberg esconde temas que van desde el capitalismo “como una bancarrota espiritual”, la desazón de una juventud perdida, el miedo, la religión como inhibidora de los deseos más naturales, la moral restrictiva y el egoísmo de una sociedad lanzada a su perdición. 


En las últimas páginas de la novela, Eugenides nos plantea una serie de revelaciones que, después de treinta años, siguen estando presentes e inmóviles en nosotros. La novela, además de su belleza estilística, esconde un trasfondo cruel, oscuro, opresivo, en el que la vida y la muerte intercambian sus justificaciones y sus posibilidades. 


El suicidio es tan viejo como el pan y ya Camus nos advertía que en realidad es el único problema filosófico verdaderamente serio. La pregunta siempre incómoda es: ¿qué hacer con ese fenómeno? Después de la Segunda Guerra Mundial, el emperador japonés tuvo que salir a ordenarle a su pueblo que se mantuviera vivo ante la inmensa cadena de suicidios que se produjeron. En la Viena del fin de siglo, en plena decadencia del Imperio Austriaco, los jóvenes no encontraban razones para seguir vivos viendo cómo se destruía todo lo que tenían y se multiplicaron las muertes por propia mano. 


Hoy, en el auge de un sistema a punto de quebrarse, en la aceleración más vertiginosa de toda la Historia de la humanidad y en su aparente cúspide, las tasas de suicidio siguen en aumento. ¿Por qué? ¿Dónde radica el misterio? Seguiremos, como Eugenides, buscando sin encontrar las razones suficientes. Entretanto, no encontraremos sino paliativos ante la desgracia que seguirá ocurriendo frente a nuestros ojos.


Por: Nicolás Ibáñez G.


Comentarios

Entradas populares