Todos somos Mr. Ripley


Ser uno. 

Ser otro. 

Ser uno siendo otro. 

Ser otro siendo uno. 

Corte a negro. 

Confusión.


Hace unos días un amigo me comentó que la mejor decisión que había tomado era haber cerrado todas sus redes sociales. Dijo que después de mucho tiempo, por fin volvía a ser él mismo, sin tener que demostrarle nada a nadie y eso le había reducido la ansiedad. Yo le respondí que en nuestro caso, como artistas, nos era imposible, pues las redes sociales eran nuestra vitrina y nuestro medio de exhibición, por lo que estábamos condenados a la ansiedad perpetua. Ambos nos reímos. Después me quedé pensando en esa palabra que usé con mi amigo: vitrina. Y me dio asco. Sentí repulsión y náuseas.


Mientras volvía al apartamento recordé a Tom Ripley, el contradictorio personaje de Patricia Highsmith que en la primera novela de su serie, El talento de Mr. Ripley, se le ocurre la brillante idea de hacerse pasar por un amigo millonario que vive en Europa cometiendo un asesinato. El viejo Tom es ahora Dickie Greenleaf. Viaja por Italia con el dinero del padre de quien dice ser. Asiste a las fiestas, bebe, conoce americanos, italianos, ingleses. Se refugia en hoteles del más alto lujo. Disfruta el estatus social que le ofrece la nueva identidad. Sabe irse con sutileza para nunca mostrarse del todo. Su vida se convierte en un juego de espejos y sombras en el que tendrá que demostrar que ambos personajes existen todavía; ninguno puede desaparecer del todo si quiere seguir con su farsa. Por más que quiera ser Dickie, le es imposible olvidarse de Tom, ese don nadie al que inevitablemente siempre toca volver.


Debo confesar que me consoló pensar en la propia ansiedad de Tom Ripley, en su desasosiego, en su afán de ser otro y buscarse un doble donde poder fabular la identidad soñada y vivirla al menos por un instante. Me tranquilizó la genuina impostura que todos llevamos dentro, el hecho de que la falsificación sea la forma más natural de representarnos. Sobre todo en un mundo virtual en el todos somos fantasmas de una imagen levemente modificada: una suplantación. 


Entonces me di cuenta de que todos necesitamos un Dickie Greenleaf, ese personaje secundario que tomamos prestado y exhibimos en forma de avatar. En él está el objeto del deseo de nosotros mismos, el bosquejo de una realidad a la que quisiéramos acceder y que vivimos en la medida en la que creemos en ella, provisionalmente, como se cree en una ficción mientras se la lee. Y aunque el personaje es muy próximo, tiene sutiles e importantes diferencias con nosotros: el gesto, la sonrisa, el tono, algún rasgo de personalidad que omitimos. La línea divisoria parece invisible, pero se percibe con fuerza cuando apagamos la cámara frontal o el aro de luz. Se siente, sobre todo, en el momento en el que, recién levantados, nos miramos al espejo con sueño, sed y ganas de orinar. Por un instante volvemos a ser Tom. 


Al final respiré tranquilo sabiendo que nuestra identidad se hunde en un misterio que ni siquiera nosotros mismos somos capaces de entender. Mentimos para crearnos, la autenticidad no existe, nunca sabremos quién es quién porque al fin y al cabo la verdad es pura invención. Y todo eso es conmovedor. 


Nicolás Ibáñez G.







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