Perder un amigo
“Un barco frágil de papel
parece a veces la amistad”
“Mientras la razón no me abandone,
nada encontraré comparable a un amigo cariñoso”
Montaigne
Tarde o temprano, un día cualquiera, nos encontramos en la inevitable y terrible situación de tener que despedirnos de un amigo.
La amistad es quizás el vínculo social más apacible y hermoso con el que contamos. Ellos, los amigos, constituyen un bastión fundamental en la estructura de nuestra historia personal y son como trincheras ante las balas del mundo. Nacen de una misma búsqueda, oculta en un principio para ambas partes. Se fraguan con el tiempo, la conversación prolongada y el silencio. Se fortalecen con las simpatías, las afinidades mutuas, el dulzor de las derrotas y el agror de las victorias. Se consuman con el conocimiento profundo del otro que es el conocimiento profundo de uno mismo. Contrario al amor, como decía Borges, no necesita frecuencia, e incluso me atrevo a afirmar que en ocasiones puede prescindir de la reciprocidad para manifestarse. Como un cóctel bien elaborado en el que dos ingredientes aparentemente polares conforman un excelente complemento: la ginebra y la tónica, el whisky y la soda.
Y aún así, con el pasar de los años, nos toca perder un amigo (uno de los de verdad)…
Están los que se van. Aquellos que soltaron las amarras y dejaron que el viento impulsara sus velas. A esos los perdemos provisionalmente y los despedimos mirando el cielo que los llevará a otras latitudes. Se les regalan talismanes, amuletos, libros, cartas para ser leídas en el camino: objetos que mantengan la memoria intacta. Se les atiborra de últimas palabras que no quepan en la mochila, se auguran bendiciones, éxitos, abundancia y fortuna. Se hacen recomendaciones que uno pocas veces cumple: no fumes tanto. Se les pide a los dioses que extiendan su manto protector y llenen de serenidad, sabiduría y buen juicio todas sus decisiones. Se prometen visitas, unas vacaciones, hablar por videollamada, mandar fotos. Se llora generalmente en el instante en que el otro levanta el brazo y dice adiós, hasta pronto. Luego, ya en casa, prendemos una vela para que no lo olviden a uno, porque uno es incapaz de hacerlo. ¿Nos volveremos a ver?
En la mitad están los que se mueren. Los que perdemos para siempre ante el fatum inevitable de una muerte siempre prematura sin importar la edad. En estos casos se produce una alteración del orden natural de las cosas, un desgarramiento del mundo, una injusticia irreparable a la que pocas veces sabemos hacer frente. El vacío se extiende por todo el cuerpo y deambulamos en una levedad borrosa, intangible. Confiamos en el sueño, como en las ficciones, para que todo no sea más que materia oscura y no la realidad de tener que despertarnos un día más sin nuestro amigo. Lo soñamos en los momentos más felices que terminan siendo los más desgarradores; lo imaginamos acudiendo a nuestras llamadas, respondiendo nuestros mensajes. Entonces, amanecidos, insomnes, lloramos, gritamos, maldecimos la creación de un universo imperfecto, golpeamos el suelo y la tierra húmeda en la que quedarán sus restos. Una lluvia atronadora cae dentro de nuestros corazones. Ubicamos un lugar, físico y simbólico, y allí terminamos por alojarlo para ir con él cada vez que nos haga falta. Le hacemos un altar, visitamos su tumba, decoramos su panteón; prendemos una vela, besamos su fotografía, le hablamos a un ángel. Ahí está, de todas maneras—nos consolamos— presente en la vacuidad de este mundo que ya no es mundo, sino sombra, espanto.
«¡Oh hermano mío, qué desgracia para mí la de haberte perdido! Tu muerte acabó con todos nuestros placeres. ¡Contigo se disipó toda la dicha que me procuraba tu dulce amistad; contigo toda mi alma está enterrada! ¡Desde que tú no existes he abandonado las musas y todo lo que formaba el encanto de mi vida! ¿No podré ya hablarte ni oír el timbre de tu voz? ¡Oh, tú que para mí eras más caro que la vida misma! ¡Oh, hermano mío! ¿No podré ya verte más? ¡Al menos me quedará el consuelo de amarte siempre!»
Por último, están los que perdemos. Amigos que se refunden, a veces, en la inmediatez de las cosas cotidianas; se esfuman y desaparecen. Se esconden. Se diluyen. Se mienten. Se olvidan. Cambian de intereses, de simpatías; todo lo que antaño nos unía, ahora nos distancia. O quizás se da por sentada la amistad y el proceso vuelve a comenzar, como una parcela heredada que suponemos siempre frondosa y fecunda pero un día, cuando nos acordamos de ella, está marchita y yerma. Nos arrepentimos y tratamos rápidamente de remover la maleza, fumigar las plagas, abonarla, llenarla de fertilizantes. Pero la tierra está seca. Necesita tiempo de barbecho, distancia, soledad, descanso. Añoramos entonces los tiempos mejores en que la tierra daba naranjas y moras, y se reía de todos los chistes y se conversaba sobre cada tema y se visitaban librerías y se tomaban cafés y se hacían paseos y se fantaseaban futuros posibles. Y ese tiempo parece tan lejano, tan inasible, que no sabemos siquiera cómo ocurrió la separación, cuándo, dónde, bajo qué pretextos. Y el amigo apenas se ve a lo lejos riendo, tranquilo, mejor sin nosotros, sobrio de alegría.
Así que emprendemos la retirada, bajamos la cabeza y desandamos el camino hacia otro lugar. Porque crecer es ir perdiendo amigos, como se pierden oportunidades, como se pierde el cabello, como yo mismo pierdo peso cada día. Porque perder un amigo es quitarse una capa de piel, envejecer siete años y, al final, darnos cuenta de que la vida es solitaria, desapasionada y fría. Entonces prendemos una vela, no ya por ellos, sino por nosotros mismos y nuestra salvación.

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