El último Diez
Homenaje.
Un invierno argentino lo trajo al mundo, gélida la pampa, en una noche de junio en medio de la dictadura. Las calles de San Fernando y de todo Buenos Aires relucían con banderines albicelestes, quizás, sin saberlo, vaticinando su prodigio. Con solo unas horas de vida tuvo el honor de ver cómo la selección de su país se consagraba campeona del mundo ganándole a Holanda en el Monumental, en no muy felices ni limpias circunstancias. Su nacimiento fue toda una fiesta que ocultaba la barbarie. Su padre, de tan contento, lo arropó con una bandera de lana y se lo llevó a celebrar al obelisco. Al día siguiente, amanecido de birra y fernet, su tío Roberto le regaló su primera pelota. Su hado estaba tejido en pentagramas ajedrezados.
Creció en el patio trasero de su casa tirando pases cortos contra una pared, inventando jugadas, amaestrando la pelota bajo su pie diestro, amagando, driblando, pegándole a un arco imaginario y clavándola en el ángulo. Cuando cumplió los siete, su tío Roberto, a pedido de su madre, lo llevó a la Paternal y lo inscribió en la deportiva de Argentinos Juniors. Allí, bajo las órdenes del estricto Formosa, aprendió que el fútbol no se trata de correr detrás de un balón, como justifican sus detractores, sino que requiere inteligencia y pausa, virtudes que llevaría casi hasta el paroxismo. También se dio cuenta de que no tenía madera para defensa, ni para delantero: él se convertiría en El último diez del fútbol mundial. Con este propósito en mente se fue haciendo a una personalidad fría, temperamental y serena. Así como su juego.
Debutó a los dieciocho años en el club de sus amores. El otoño llegaba a su término y por fin se descolgaba el verano del noventa y seis. El estadio azul y oro hacía temblar Caminito y desde Almirante Brown se alcanzaban a escuchar las trompetas del clamor bostero. Entró penúltimo a la cancha, anunciado por el altavoz, con la camiseta número ocho. Le bastaron dos jugadas y cuatro pases magistrales para que el relator de la televisión pública anticipara que ese chico iba a ser un genio. Le bastó sólo un partido y un pase gol para que la popular de Boca coreara su nombre en un pacto que jamás se borraría: Riqueeelme. Riqueeelme. Cuando al finalizar el partido el periodista le preguntó si había jugado bien, irónico, le respondió que eso debía preguntárselo al entrenador, que él sólo disfrutaba jugar al fútbol.
Sin embargo tuvo que ser paciente. Caminaba a la sombra de una leyenda más grande que él, otro astro lo eclipsaba todavía. Pero la paciencia es el don de los grandes y un día ese astro voló y Román pudo por fin colgarse la número diez a su espalda y empezar a labrar el camino de su idolatría, que terminaría de fraguarse aquella noche en Japón jugando contra Real Madrid de los galácticos. El partido más importante de toda la historia de Boca se jugó en Tokio, en noviembre del dos mil. Las apuestas, inteligentes, daban por ganador al equipo español a razón de tres a uno. Pero el fútbol es un deporte hermoso. A los dos minutos de partido, en una jugada rápida, Martín Palermo les callaba la boca a los merengues luego de un desborde del Chelito Delgado. Cuatro minutos después llegaba la apoteosis para Román, el motivo de su divinización, su gloria eterna:
Fue un pase, no podía ser de otra manera en quien siempre supo que el fútbol es un deporte que se juega entre amigos. Fue un pase perfecto, como ningún otro pase hubo. Un pase gol de sesenta metros. Recibió la pelota y de primera se la puso a Palermo para que de un zurdazo sellara la victoria y sublimara los colores xeneizes en la eternidad. Después, todo fue celebración y gambeta.
Lo ganó todo una y otra vez. Recorrió el mundo exhibiendo su arte, demostrando que no es necesario correr sino detenerse, pensar rápido y cambiar de frente, evidenciando que lo difícil es fácil y que lo aparentemente fácil lleva tiempo. Le tallaron una estatua en bronce con la pelota rendida a sus pies, aunque pienso que debieron haberlo tallado lanzando ese pase que lo hizo inmarcesible. Hoy todavía la popular corea su nombre cada domingo y no hay amante del fútbol, de este deporte hermoso, que no se rinda recordando el túnel a Yepes, los tiros libres al ángulo, el gol a Gremio de media distancia, el “Topo gigio” a Macri, la alegría de su calma al jugar.
Por: Nicolás Ibáñez.

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