Años luz - James Salter
El tiempo que todo lo corroe
“Las cicatrices dividen la vida como los anillos de un árbol. Qué juntos parecen los más antiguos, el tiempo los comprime, veinte años no se distinguen entre sí.”
“¿Cómo podemos imaginar cómo debería ser nuestra vida sin la iluminación que nos procura la vida de otros?”
James Salter
Muy probablemente el nombre y la figura de James Salter no se nos aparezca con tanta prisa y esplendor como la de otros escritores norteamericanos de su misma generación de la talla de Jack Kerouac, Truman Capote, Harper Lee, John Cheever, J.D. Salinger o Flannery O’Connor. Sin embargo, como una discreta farola que desde un lugar secreto ilumina toda una calle, James Salter ha logrado hacerse un espacio entre los grandes. Con el pasar de los años, su luz se vuelve cada vez más intensa y su obra florece entre las manos y las plumas de escritores, críticos y lectores que no dudan en admirar su talento. Una luz que no sólo alumbra, sino que guía y esclarece.
Contrario al mito del niño prodigio predestinado a la literatura, Salter fue durante varios años oficial de carrera y piloto de la fuerza aérea de su país. Participó, según cuenta él mismo, en más de 100 operaciones y estuvo a punto de morir en un accidente aéreo. Recién en 1957, después de publicar su primera novela, es que ingresa en la República de las Letras, abandona la orden militar y se dedica enteramente a escribir. Para muchos esto puede no significar sino parte de un anecdotario, pero en sus novelas hay piel curtida, experiencia, madurez, el bagaje de una vida.
Años luz (1975) es justamente una novela de madurez. En ella vemos la historia de la desintegración paulatina de un matrimonio que se desmorona por el simple transcurrir del tiempo que todo lo corroe. Narra el encuentro de dos pulsiones contrarias que, amándose profundamente, colisionan, se fracturan y se disgregan. Por un lado está Viri, arquitecto algo mediocre y condescendiente, cuyo objetivo tiende más hacia la contemplación y la quietud de una vida en aparente orden y estabilidad. Del otro está Nedra, su mujer, más propensa a anhelar la grandeza, la libertad, la acumulación de experiencias, el vitalismo, el derroche de los días. Las grietas evidentes van apareciendo poco a poco a lo largo de la novela tras un estilo cristalino y ecuánime.
Y esta es una de las claves de la lectura de Años luz. Salter, con un lenguaje depurado y lacónico, casi frío, en ocasiones lírico pero distante, nos muestra desde una aparente exterioridad impuesta por el narrador, como a través de una cortina, las vidas, las inquietudes, los inconformismos y las pasiones internas de los personajes. Utiliza una prosa sofisticada que si bien rechaza el realismo, nos acerca a la realidad de unas vidas agotadas, vacías y disueltas entre fiestas, reuniones y amigos que terminan por esfumarse, por diluirse. Luces que se van apagando como se derrite la nieve ante un día de sol.
El ambiente exterior, los paisajes y los climas también juegan un papel fundamental en el transcurso de la trama. El flujo de las estaciones determinan ese silencioso cabalgar del tiempo por la estepa de la vida en la que sólo queda vacío y soledad, enfermedad y muerte. Sin embargo, todo esto sucede en medio de la paradoja de una vida feliz y satisfecha, llena de placeres, bohemia y hedonismo, lo que lo hace todavía más conmovedor, más profundo. La insatisfacción proviene de una sed de libertad que finalmente ninguno encuentra, de las ansias de vivir siempre una vida que no es la nuestra, que no radica en este lugar, ni con estas personas. Y el paliativo, sea el que sea, no hace más que acrecentar nuestro dolor. ¿Cuántas veces no hemos querido huir sin saber a dónde ni buscando qué cosa?
Una novela de una belleza claroscura, repleta de verdad, de una sensibilidad especial por los detalles y en la que se nos advierte que el presente es sólo el pasado de un futuro que no se detiene y que nada es inmóvil, ni definitivo. Una novela para quienes estamos entrando o ya están en eso que llaman madurez.

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