Los errantes - Olga Tokarczuk

Las formas de la errabundia


“Contonéate, muévete, no dejes de moverte. Solo así lo despistarás. 

Quien rige los destinos del mundo no tiene poder sobre el movimiento y sabe que nuestro

cuerpo al moverse es sagrado, solo escaparás de él mientras te estés moviendo. 

Ejerce su poder sobre lo inmóvil y petrificado, sobre lo inerte y quieto.”


Olga Tokarczuk



La cita anterior parece encerrar la médula espinal que recorre este libro, el doceavo de la autora y por el que fue galardonada con el Premio Man Booker International. Un libro extraño, que podría entenderse como un constante peregrinaje de viajero incansable (el lector) en pos de lo sagrado que cada uno lleva dentro de sí. En él, asistimos a un recorrido inconmensurable a través de territorios, fronteras, cartografías, mapas, aeropuertos, hoteles, ciudades, callejuelas, museos, trenes, bares, épocas, historias, pensamientos y reflexiones. El mundo visto desde un panóptico en movimiento, desde una ventanilla de avión (como un pájaro) o de bus (como una rana) que se abre y se cierra y nos muestra, en ráfagas, el esplendor de un mundo íntimo que es el de todos nosotros. 

En Los errantes —advertencia— no estamos ante una novela tradicional, con una trama central y unos personajes que se mueven en ella, sino en el borde de la experimentación y el abismo, en la frontera de todos los géneros. ¿Es una novela? ¿Es un libro de viajes? ¿Es un ensayo? ¿Es un libro de cuentos? Sí. Es todo esto y quizás algo más: es un libro itinerante, errante, nómada, que deambula de aquí para allá como el pensamiento en una tarde soleada de sábado. 

Una vez nos internamos en el viaje, ante cada parpadeo nos encontramos con las instantáneas de un álbum de pequeñas, medianas y grandes historias que conforman el conjunto. Un hombre que viaja a una isla remota pierde de pronto a su mujer y en su empeño por encontrarla termina recuperándose a sí mismo. Una mujer, como Wakefield, abandona de repente a su esposo y a su hijo y se refugia en las calles de Kiev donde encuentra a una pordiosera que la conduce por parajes y secretos fríos y oscuros. Un discípulo cuenta la historia de su maestro, uno de los mejores anatomistas del mundo, cuyo logro más importante fue haber descubierto el talón de Aquiles. Un grupo de expertos se reúnen en distintos aeropuertos del mundo a conferenciar sobre la psicología y la antropología del viaje. Y así…

Entre tanto, en su itinerario desde Viena hasta Filadelfia, pasando por Dresde, Berlín, Leiden, Ámsterdam y San Petersburgo, Tokarczuk nos expone sus disquisiciones sobre el cuerpo después de la muerte, la soledad, el tiempo, el intelecto, la Historia, la religión, el amor y el desamor. Los temas de siempre, pero a través del prisma de la cotidianidad de la escritora. La imagen de fondo de este libro bien podría ser un gabinete de curiosidades del siglo XVII, o un mapa de una ciudad desconocida a la que acabamos de arribar, o un rizoma, ese conjunto de raíces que se dispara en muchas direcciones interconectadas. 

Y, sin embargo, aunque escribiera dos páginas más, esta reseña estaría lejos de acercarse a lo que significa la experiencia de lectura de Los errantes, como siempre pasa con los buenos libros. Simplemente hay que dejarse llevar y moverse con él para evitar a toda costa el estancamiento, la quietud, el conformismo. 

(Aparte) Este método parece ser un tópico característico de la literatura centroeuropea de la que Tokarczuk es una muy digna heredera. Pienso ahora en dos novelas: Los anillos de saturno de Sebald y en El Danubio de Claudio Magris con los que Los errantes podrían conformar una trilogía perfecta alrededor de una narrativa basada en el arte de la fragmentación, el viaje, la divagación y la errabundia en todas sus formas. 











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