Si no, guardaré silencio
Hoy en la mañana leí dos relatos de Octavio Paz de los que debo escribir un artículo, El ramo azul y Mi vida con la ola. Me gustaron ambos. Hay cuentos que gustan más en la primera lectura y otros que van gustando más a medida que uno los relee; estos me gustaron por igual las dos veces. Un buen punto de inicio para escribir un gran artículo, me dije. Mientras cocinaba el almuerzo iba pensando lo que escribiría, preparando el texto en la mente para luego simplemente pasarlo al papel, como hago siempre en estos casos. Sin embargo, esta vez no logré desarrollar ninguna idea. Mi mente no pasaba del blanco, un blanco opaco. Reprendí mi falta de imaginación y almorcé molesto conmigo mismo. Me ocupé de otras lecturas pensando que luego llegaría la inspiración. Dejé pasar un par de horas. Dormí la siesta de la tarde inquieto, abochornado. Desperté, cubierto de sudor. Inmediatamente abrí el documento de word y escribí un título de manera automática. No pude pasar de ahí. Blanco, blanco, blanco…
Me dije que una nueva lectura desabrocharía las amarras, así que leí los cuentos de nuevo, esta vez en voz alta para mi novia. Los leí como si fuera la primera vez. Nos gustaron. Ella quería que leyera otro, pero no tenía más cuentos de él a mano. Le terminé confesando lo que me pasaba, mi parálisis, mi embotamiento.
—No se me ocurre nada. Nada es nada.
—Algo se te ocurrirá, Nico—me dijo—. Siempre tienes cosas por decir.
Es cierto, siempre había tenido algo para decir. Me considero ágil con la palabra. Encendí la luz del cuarto y cerré las ventanas. Olvidamos por un momento el tema y ella me contó sobre un cómic que había leído, uno de Stephen King sobre los escritorios y la escritura. Me gustó que lo leyera en su inglés tan latino, pero no pude decirle nada cuando me preguntó qué me había parecido. Mi opinión no pasaba de las frases en las que odiamos caer los escritores: “me gustó” o la peor de todas “es interesante”.
—Temo volverme un escritor ágrafo—le dije con voz temblorosa.
—Deja que pase un tiempo.
Recordé un sueño que tuve en la madrugada y se lo relaté. Tenía que ver con la literatura precisamente. Subía una montaña muy alta y conversaba con alguien mucho mayor, un escritor avezado, quizás Octavio Paz, sobre el acto de escribir. Caminábamos despacio y yo tenía que ayudarlo cuando los escalones se hacían demasiado altos para su corto bastón. En un momento, justo antes de despertar, sin haber llegado a la cumbre, me dijo que tuviera paciencia. “Ya has entrado a la literatura, ahora deja que ella entre en ti. Eso puede tardar algunos años. No te afanes.”
El sueño tenía que ver sin duda con mi bloqueo. Inventé una excusa y colgué la videollamada con mi novia. Volví a abrir el word e hice un nuevo esfuerzo por encontrar las palabras. Pero es que no eran las palabras, lo que faltaba eran ideas. Pensé en obligarme a escribir sobre la estructura, el manejo del tiempo, del espacio, el lenguaje poético, la traspolación de los elementos fantásticos a la realidad, la idea de verosimilitud, recordé la morfología de Propp que siempre funcionaba, pero no pude. Así que me dije que mejor escribiría sobre mí, sobre la imposibilidad de la escritura, sobre la obligación de siempre tener que decir algo, sobre el silencio. Aquí estoy, confesándome que no soy un escritor, sino alguien que a veces escribe yque el blanco y el negro se parecen.
De los cuentos no tengo nada por decir salvo que me gustaron. ¿Me estaré convirtiendo en un escritor ágrafo, en un simple lector? Quizás. Lamento no poder decir nada más. Seguramente otros lo dirán, incluso mejor de lo que yo podría, con mayor despliegue técnico, con originalidad. Seguiré la sugerencia que Octavio Paz me develó en el sueño (quiero creer que era él el consejero sin rostro). Tendré paciencia y dejaré que la literatura entre en mí.
Añado a esta confesión las palabras sabias del Kybalión: “Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso; todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo…”
Mañana leeré los cuentos nuevamente y trataré de decir algo, si no, guardaré silencio.
Nicolás Ibáñez.


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